
La historia de Diptyque
La historia de Diptyque narra la aventura creativa de tres amigos que comparten como fuentes de inspiración la naturaleza, los viajes y el arte. Es el nacimiento de una Casa creada por artistas.
País / Idioma: España, Español

La historia de Diptyque narra la aventura creativa de tres amigos que comparten como fuentes de inspiración la naturaleza, los viajes y el arte. Es el nacimiento de una Casa creada por artistas.
Tres artistas, tres espíritus libres unidos por una misma visión: a principios de los años 60, época de gran efervescencia marcada por un ardiente deseo de modernidad y optimismo, Desmond Knox-Leet, Christiane Montadre-Gautrot e Yes Coueslant inventan un espacio cuyo género carece de precedentes. Un espacio creado a su imagen, sensible y audaz, donde su creatividad se manifiesta y expone junto a curiosidades y hallazgos venidos del mundo entero. Unidos por la sensibilidad ante lo bello, el amor por la naturaleza y una insaciable curiosidad, los tres amigos fundan Diptyque.
Este lugar, a medio camino entre un taller de artistas y un gabinete de curiosidades, se establece en el quinto distrito de un París bohemio, donde conviven la herencia del pasado y el dinamismo de la modernidad. En el 34 del boulevard Saint-Germain, los tres amigos se convierten en « vendedores de naderías ». Con el paso del tiempo, de sus encuentros y de sus viajes, los tres buscan, decoran y modifican objetos curiosos o de uso habitual, que vienen a llenar las estanterías de este espacio precursor de las concept stores actuales.
París, 1949. La historia comienza: Desmond es pintor, formado en la Escuela de Bellas Artes de París. Christiane es interiorista, formada en la Escuela de Artes Decorativas, también en París. El primero es un artista consumado; la segunda, una auténtica apasionada de la artesanía. Ambos reflejan y enriquecen mutuamente sus gustos, alimentados por los recuerdos de los veranos pasados por Desmond en el sur de Francia o las reminiscencias infantiles de Christiane en las inmediaciones de Fontainebleau. Juntos los amigos crean con un estilo distintivo las maquetas de tejidos para tapicería que se venderán en las prestigiosas tiendas londinenses Liberty o Sanderson.
Diez años más tarde, un capricho del destino pone en su camino a Yves Coueslant. Entre este trotamundos hijo de un banquero y criado en Indochina; Desmond, heredero de una aristocrática familia inglesa, y Christiane, surge de inmediato un amor a primera vista, y juntos forman un trío inseparable. A partir de este encuentro se gesta una ambición creativa. Los tres sueñan con fundar su propia Casa.
CHRISTIANE MONTADRE-GAUTROT

En 1963 nace uno de los sellos de identidad de la Casa: el trío de artistas inventa un nuevo
territorio para la vela perfumada: limitada hasta este momento a una función puramente utilitaria, se convierte en objeto decorativo y sensorial. Ahora ya es posible viajar sin dejar el salón de casa y dotar el espacio interior de un aliento nuevo y personal. Se trata de un objeto depurado y elegante, una creación que a través de un sencillo gesto asume un carácter universal y se convierte en emblema de un nuevo arte de vivir.
Aubépine (Espino), Cannelle (Canela) y Thé (Té) son las primeras fragancias que integran un herbario de sensaciones tomadas de la naturaleza. Un territorio olfativo hecho de especias, de flores y de hojas. Un procedimiento original inscrito en la herencia de Desmond Knox-Leet, que componía sus perfumes como un pintor prepara su paleta, mezclando las materias primas en bruto.

Cinco años más tarde, Diptyque continúa sus exploraciones olfativas con un primer eau de toilette. L’Eau se origina en una receta del siglo XVI a base de canela, rosa, clavo, geranio y sándalo. Es una evocación de los « pomanders » o pomas de olor, la antigua tradición inglesa de insertar clavos en las naranjas.
Sin constricciones de género, L’Eau es una obra de arte olfativa. La primera de una colección de eaux de toilette y de perfumes, promesa de infinitos vagabundeos hacia lo desconocido, o en la intimidad de un recuerdo real o soñado.

En la encrucijada sensorial de la nariz, el ojo y la mano, las creaciones de Diptyque son fruto de un proyecto creativo inédito. Los fundadores se inspiraban a veces en un perfume para crear una imagen, y otras veces se invertía el proceso, pero la consigna era siempre respetar la libertad en la creación.
Aún en la actualidad, perfumistas e ilustradores trabajan de común acuerdo. La fragancia se convierte así en una obra coral que consagra el encuentro entre el imaginario de la Casa y la sensibilidad del artista asociado.
Auténtica y verdadera, la pasión compartida por la naturaleza se remonta a los orígenes de la Casa. Una naturaleza salvaje, vivaz y plena de color, que orientó los pasos del trío fundador en la elaboración de sus primeras fragancias. Una naturaleza rebosante de esencias y materias diversas, que evoca los paisajes donde los tres amigos volvían una y otra vez para recargarse de energía creativa.
Los viajes contribuirán al despertar al mundo de los fundadores. Vagabundeos que les llevaban de Europa al Asia, de Venecia a Moscú. Y también viajes fantaseados, siguiendo los rastros de la antigua Grecia... Esta pasión por los viajes, esta fascinación de lo desconocido les permitía coleccionar recuerdos u objetos curiosos para reinterpretarlos más tarde en términos de fragancia o dibujo. Reminiscencias que son la primera fuente de inspiración de la Casa.
Motivado por su pasión compartida por las artes gráficas, el trío también imagina un nuevo lenguaje, lúdico y sutil. El grafismo se convierte en campo de expresión, portal de entrada al universo de Diptyque. Un sabio juego de equilibrio entre la imagen y las palabras, entre el blanco y negro y los colores, entre el motivo gráfico y el diseño figurativo. Un sello original y códigos visuales emblemáticos: el óvalo, el pebetero, la tipografía, las letras danzarinas... como enigmas a descifrar, indisociables ya de la identidad de la Casa.